2026-07-05 02:35:30 - MUNDO
ohn Jairo tuvo un perezoso de tres dedos, lo compró en carretera, entre La Apartada y Ayapel, en el departamento de Córdoba. Dice que le valió entre 20.000 y 30.000 pesos, pero no recuerda bien porque eso fue hace más de 20 años.
Lo que no se le olvida es que al ejemplar, un cachorro de apenas un par de meses, le faltaba una uña y todavía sangraba cuando se lo entregaron. Lo tuvo en su casa unos cuatro o cinco años, era la mascota de la familia, le pusieron Natasha pensando que era una hembra, aunque resultó ser un macho.
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De eso se enteró mucho después, cuando decidió entregarlo a una organización experta en el manejo de esta especie para intentar rehabilitarlo y que volviera a su hábitat natural.
–Ese animal veía un árbol y se quería morir, era desesperado por subirse, un día se montó, y le tuvimos que pagar a un muchacho para que lo bajara. Ahí dijimos: “No más”, y empezamos a buscar a quien se lo podíamos entregar y encontramos a una señora en Caldas –me dice John Jairo mientras maneja.
La tenencia de animales silvestres como si fueran de compañía, también llamada mascotismo, ha sido tan común en el país que él, taxista que por azar me recoge al salir del Parque de la Conservación, me cuenta la historia de su perezoso.
Que sea tan común es lo que lo hace tan grave, pues el mascotismo es el músculo que más hace mover el circuito del tráfico ilegal de especies en Colombia.
Hay casos todo el tiempo. Hace un par de días la Policía Nacional incautó un ejemplar de mono aullador rojo en el municipio de Guarne, en el Oriente antioqueño. Un hombre lo llevaba sobre sus hombros.
La Policía intervino, capturó al hombre y lo dejó a disposición de las autoridades judiciales. El mono fue trasladado al Centro de Atención y Valoración de Fauna Silvestre (CAV) y quedó bajo custodia de Cornare.
“El ejemplar habría permanecido en cautiverio por más de un año, situación que compromete seriamente sus posibilidades de rehabilitación y eventual regreso a su hábitat natural. Por ahora, continuará bajo observación y seguimiento permanente”, dijo Camilo Muñoz Collazos, coordinador del CAV.
Cuando los animales son incautados o recuperados por las autoridades ambientales entran en un proceso de valoración multidisciplinar, un equipo de biólogos, zootecnistas, veterinarios los revisa y hace seguimiento, para determinar si son o no aptos para volver a su hábitat natural.
La mayoría no lo son, entonces entran en un proceso de reubicación. Las autoridades ambientales de todo el país elaboran listados con los animales que tienen bajo su custodia y las envían a los zoológicos y reservas del país.
Cada uno de estos lugares evalúa que capacidad tiene para recibirlos y darles un hogar definitivo. Aquellos que no alcanzan un lugar en ninguno de estos centros es sacrificado.
–La gente suele tener una imagen alterada del proceso, y creen que cuando entregan a los animales, estos van directo a la libertad, pero no, el animal apenas va a entrar a un proceso en el que puede o no salir victorioso y volver al medio ambiente, y la verdad son menos los que logran regresar porque las secuelas del cautiverio son muy severas tanto a nivel físico como comportamental, entonces no logran tener las capacidades necesarias para volver y terminan en lugares como este, donde les ofrecemos una segunda oportunidad de vida y aprovechamos su estadía para educar y sensibilizar a las personas –dice Carlos Madrid, líder de conservación y bienestar animal del Parque de la Conservación, el antiguo Zoológico Santa Fe.
Precisamente el cambio de vocación que transformó el Zoológico en Parque de la Conservación ha tenido como propósito convertir el Santa Fé, ya no en lugar de exhibición, sino de refugio para los animales silvestres rescatados del tráfico ilegal de fauna, y de concientización y educación para la comunidad en el tema de la protección de la biodiversidad.
Actualmente, el Parque tiene alrededor de 580 animales, de unas 120 especies más o menos. Sólo en lo que va de este año han recibido entre 80 y 90 animales que estaban bajo custodia de las autoridades ambientales.
Uno de los últimos en llegar fue un puma cachorro rescatado por la Policía en Yolombó, Antioquia, cuando tenía más o menos un mes. Lo tenían como si fuera una gato. La Policía lo incautó, lo entregó a las autoridades ambientales, y luego del respectivo proceso de valoración, pasó al cuidado del Parque de la Conservación. Ahí vivirá toda su vida. El tráfico ilegal es una condena, los animales son víctimas.
Nadie sabe bien la historia del puma, pero es probable que le hubiera pasado algo parecido a lo que le pasó al oso de anteojos macho del parque, que llegó tras ser rescatado por Corantioquia en el municipio de Remedios cuando apenas tenía tres meses.
“Allí lo tenían como mascota junto con un perro, con una dieta deficiente a base de concentrado y otros alimentos que no aportaban a su nutrición. Al llegar a nuestro Parque se le brindaron los mejores cuidados clínicos, biológicos y nutricionales. Pese a los esfuerzos por lograr una rehabilitación, el proceso no fue exitoso. El oso presentaba comportamientos modificados que impidieron su liberación”, se lee en una de las paredes del recinto donde está el animal.
–En el caso de grandes felinos u osos, hay una problemática particular, y es que los padres dejan a las crías solas para ir a buscar alimento y la gente las coge y se las lleva, ya sea por desconocimiento o por gusto. Las autoridades educan e insisten mucho en eso, un animal solo en el bosque no está abandonado, ese es su hogar –dice Carlos.
La estadística es demoledora: nueve de cada 10 animales capturados en la naturaleza mueren durante el traslado. El panorama, para los que logran sobrevivir tampoco es alentador.
Desde 2024, el Área Metropolitana ha tenido más de 34.500 animales en su Centro de Atención, Valoración y Rehabilitación de Fauna Silvestre, CAVR. De esos, más de 5.500 han llegado por tráfico ilegal.
Es decir, el 85% de los animales provienen de atención a emergencias, el 15% del tráfico ilegal. Esta última cifra se divide así: el 12% de los animales llegan por entregas voluntarias y el 3% por incautaciones.
Hay unas especies más traficadas que otras. Según los datos del Área Metropoliatana, de esas más de 5.500 especies que han llegado por tráfico ilegal, más de 2.000 son tortugas –morrocoy, icotea y tortuga caja son las más comunes–.
Les siguen los psitácidos –loras, guacamayas, cotorras y pericos– con más de 1.300, además de más de 100 primates, más de 90 boas, y otras aves, felinos y reptiles como iguanas y babillas.
–Cuando apartamos un animal silvestre de su núcleo no sabemos el daño tan grande que estamos ocasionando al ecosistema y que nos estamos ocasionando a nosotros mismos. El tráfico tiene que ver con el egocentrismo humano, es una manifestación del poder que el hombre cree tener sobre las demás especies –dice Andrés Gómez, Supervisor del CAVR del Área Metropolitana del Valle de Aburrá.
Pero no es un poder, es un problema enorme. Extraer a las especies de su hábitat natural impide que el animal cumpla su rol natural, ya sea dispersar semillas, controlar otras especies, polinizar, en fin, se rompe la cadena de conservación natural y eso afecta todo, aunque no lo veamos.
Además hay un gran riesgo de transmisión de enfermedades en doble vía, de los animales a las personas y de las personas a los animales.
Es un tema muy grave, pero poco evidente. Según datos publicados por la Asociación Latinoamericana de Parques Zoológicos (ALPZA), el tráfico de fauna silvestre es la cuarta industria ilícita más rentable del mundo, movilizando entre 7.000 y 10.000 millones de dólares al año.
Además, la presión comercial ha causado una disminución de hasta un 71% en las poblaciones de algunas especies vulnerables.
“Este delito no solo destruye la biodiversidad: actúa en simbiosis con redes de crimen organizado que también operan narcotráfico, tráfico de armas, trata de personas y lavado de dinero”, dice la Asociación, que el pasado jueves 25 de junio activó una campaña regional para frenar el comercio ilícito de especies, en el marco del Día Internacional contra el Tráfico Ilegal de Fauna Silvestre.
El camino es largo, hay mucho trabajo por hacer.
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–La solución definitiva, tal vez, es la educación, pero eso es a largo plazo. Demasiado a largo plazo. Mientras tanto es importante mostrar más la realidad, lo complejo que es el panorama. Estamos acabando con la biodiversidad por antojo, por ego, creemos que estamos cuidando a los animales, pero realmente no estamos pensando en ellos. También es muy importante seguir reforzando las redes de atención y proteger los ecosistemas. Somos un país muy importante a nivel de biodiversidad, pero nos quedamos cortos en esas medidas de protección. Esto tiene demasiados frentes, es demasiado complejo –cuenta Carlos Madrid.
La solución no es individual, requiere un esfuerzo colectivo, gubernamental, y un cambio de paradigma en nuestra relación con la naturaleza. Eso es lo que intentan hacer organizaciones como el Parque de la Conservación y el Área Metropolitana.
Pero hay acciones cotidianas que empiezan a nivel individual y pueden tener un enorme impacto colectivo. Por ejemplo, los expertos insisten en no apoyar de ninguna manera los actos que favorecen el tráfico de especies, eso incluye, por supuesto, no comprar animales silvestres, pero también implica evitar a toda costa compartir y consumir contenido a través de redes sociales que lo termine incentivando. Nada de fotos con animales exóticos por más tierno e inocente que parezca.
Pero sí educarse, aprender sobre los animales, su rol en la naturaleza, pero sobre todo nuestro rol, como seres humanos en la naturaleza. Y por supuesto, denunciar cualquier caso a las autoridades competentes.
El panorama ha cambiado, pero no tanto. John Jairo dice que ya en carretera no venden tantos animales como antes. Se ven sobre todo aves. Pero lo que no se ve no es que no exista.
Hace un par de años una sobrina de él estuvo a punto de comprar un mono aullador en las playas de Coveñas, no fue sino preguntar a un vendedor informal. Le iban a cobrar 150.000 pesos, ella adelantó 30.000, pero fue tanto la cantaleta de John Jairo insistiendo que eso no estaba bien, que no solo era ilegal, sino que era un pecado, que desistió.
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